jueves, 7 de agosto de 2014

Manila, la vecindad perdida.

Por:  Carolina Uribe Cepeda
Universidad: U.P.B
Curso:  Ciudad y Estética
Fecha:  Agosto 7 - 2014


“Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo, la misa más que Dios,  [ y el edificio más que el hábito ]. La cultura del envase desprecia los contenidos”
Eduardo Galeano.


La calle como lugar de encuentro, la tolerancia al compartir con los vecinos, un pan que se compra a la vuelta de la esquina, la ferretería donde se puede comprar el cáñamo que  sirve para arreglar inodoros o el tornillo para colgar  aquel cuadro que en la marquetería de dos cuadras arriba enmarcaron. Los perros husmean entre jardines, mientras los balcones se vuelven miradores.

Manila, un barrio donde cada casa tiene su propia historia, y sus propios rasgos, donde las fachadas cambian, hay diferentes colores y materiales, hay diversidad visual, la altura de las casas permite que, desde algunos edificios un tanto mas altos pero que no sobrepasan la copa de los árboles, se vea un juego de ventanas, de techos, de cables, de caminos. Cualquier día se puede escuchar al “revueltero” que pasa vendiendo aguacates frescos para el almuerzo, también el que ofrece arreglar licuadoras y ollas. Esta el mercado de verduras, que una pareja cultiva en su casa en santa helena, y trae para el consumo del barrio.

Aquí se recuerda ese concepto de vecindad, de cercanía, esa idea que aveces parece borrosa en la memoria colectiva, recuerdos que nos llegan a veces como películas, donde la ropa se cuelga en alambres entre fachadas, donde el vecino sabe por nombre los niños que pasan corriendo todas las tardes por su jardín, el que vende leche fresca de puerta en puerta todas las mañanas, la señora Julia que todos conocen por su pan fresco, la viejita que reniega por que la música del vecino no la dejó dormir, el que camina sin rumbo para despejar su mente, el que se sienta en el sardinel a fumar, el ratón que cruza de una alcantarilla a otra, la niña que se sube a coger el mango que ya esta listo en el árbol de la siguiente cuadra. Tal vez parezca una idea romántica, pero eso es lo que debería suceder en cada barrio de la ciudad, la comunión es lo que crea sociedad, el contacto entre personas, untarse de los demás, comunicarse, todo vivir humano ocurre en conversaciones y es en ese espacio donde se crea la realidad en que vivimos.1

Manila un barrio sin contorno preciso, se vuelve al medio día lugar de paso para aquellas personas que almuerzan en restaurantes nuevos, cocinas que se hacen a puertas abiertas , mientras comen, estas personas inconscientemente disfrutan de esa cercanía, de es contiguidad que ofrece las calles de este barrio. Buscan y encuentran comodidad, tal vez sin saber por qué… ya estarán acostumbrados a los edificios altos y alejados…  que rara concepción de lo exclusivo, adjetivo que hoy vende más apartamentos en el poblado, exclusivo es lo que tiene algo distintivo, lo que tiene una o varias características diferenciadoras, es lo peculiar, pareciera que no se dan cuenta que lo que hoy venden como exclusivo, es más bien, una plantilla de repetición; Si se hiciera una línea, un diálogo entre las edificaciones existentes del poblado y Manila, este barrio cambiaría el tartamudeo de los grandes edificios del poblado alto,  y lo volvería una conversación. Cada edificio alto siendo una sílaba que se repite y repite sin crear una palabra, Manila, con una palabra en cada cuadra, construye frases. Un barrio, un retazo lleno de contenido, un detrito dejado por una ciudad que ya no existe. 


1. Maturana Humberto, El Sentido de lo humano, Editorial Océano.

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